domingo, 30 de octubre de 2011

UN SOPLO DE AIRE FRESCO.

Había llegado mi amante.
Por fin.
Su presencia había venido a resucitarme, a salvarme de las garras del “otro”.
Durante noches, la angustia de su presencia, la respiración pegajosa de aquel ser inmundo, sobre mi nuca, sobre mi espalda, me había impedido conciliar el sueño.
Aún sin verle, podía sentirle, a veces en sus silencios, a veces con sus gruñidos animales.
Y por más que tratara de despegarle de mí, él me seguía a todas partes, como una bestia obsesa, rondándome, limitando mis movimientos.

Pero él se había marchado. La pesadilla había acabado -al menos por unos días- y amparado en su ausencia llegaba mi amor.
Tan fresco, tan nuevo, con esa caricia que recorría toda mi piel apenas me rozaba.

Esa primera noche me dormí como un angelito. Y eso que no quería. Necesitaba sentirle, notarle, pero él me susurraba que no albergase ningún temor, que no se marcharía, y con su aliento perfumado de brisa oceánica me arrulló hasta dormirme.

Al despertar, hasta el mismo cielo parecía de otro color.
Me asomé por la ventana de mi caravana, estirándome perezosa.
El verano explotaba en forma de turistas recién levantados, y de otros que llegaban soñolientos, atravesando a pie la puerta del camping. La mayoría acudía allí buscando compactar en quince días la belleza en la que vivimos los peces de agua salada durante todo el año.

No me gustaba que “invadiesen” mi territorio, pero aquel día hasta me caían bien.

Me sentía nueva. Él me arrebató otra vez hasta la cama, y yo cerré los ojos y me dejé llevar.

Bastante más tarde de lo habitual, yo salía con mi taza de café helado en la mano, descalza sobre el suelo de plástico. Me senté en una silla, en mi rincón favorito. La vida era maravillosa, y el día tan delicioso…

Frente a mí, una señora del interior se empeñaba en barrer el campo. Apartaba con su escoba agujas de pino y montones de tierra. Y la tierra no parecía acabarse nunca bajo sus pies.

La mujer me miró, mientras se enjugaba el sudor con un pañuelo grande y arrugado que sobresalía por un bolsillo de su bata. “Es horrible este viento de Levante”-dijo- “qué calor”.

El Poniente se arremolinó, indignado.

-No le hagas caso- le dije- Eso sólo puede decirlo una señora del interior empeñada en barrer el campo.

El Poniente me besó en la nuca.